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La Cuna de las Mentiras / Chapter 4 / 8

CAPÍTULO 4 — EL NOMBRE DEBAJO DEL NOMBRE

CAPÍTULO 4 — EL NOMBRE DEBAJO DEL NOMBRE

A la mañana siguiente, Nathan llevó la copia al despacho de una mujer que no conocía y en la que no confiaba, pero que Clara juró que no pertenecía al mundo de los Mercer.

Se llamaba Daniela Reyes. Tenía una oficina pequeña sobre una farmacia, una planta seca junto a la ventana y una impresora que hacía ruido de animal enfermo. No parecía la clase de abogada que su madre habría elegido.

Eso le gustó.

Daniela no ofreció café. Tomó las actas, se puso unos lentes de pasta y leyó sin hacer gestos grandes.

Clara estaba sentada a su lado. Tenía el cabello recogido, maquillaje apenas sobre la marca de la sien. Mateo dormía en su portabebé, con la manta de estrellas doblada a los pies.

Nathan había querido dejarla en casa.

Clara dijo que no.

Daniela alineó los papeles sobre el escritorio.

—Esto no prueba secuestro —dijo.

Nathan sintió un alivio tan breve que casi fue vergonzoso.

—Pero prueba algo.

—Prueba que hubo una modificación. Prueba que la copia reciente no muestra información que la copia anterior sugiere. Prueba que alguien tuvo acceso al registro hace mucho tiempo.

—¿Quién puede hacer eso?

Daniela levantó la mirada.

—En una familia con dinero, apellido y amigos correctos, demasiada gente.

Clara respiró hondo.

—¿Podemos pedir el expediente completo?

—Sí. Pero si alguien ya sabe que ustedes están buscando, va a intentar cerrarlo.

—Mi madre ya lo sabe —dijo Nathan.

Daniela lo estudió.

—¿Su madre legal?

La palabra legal entró como hielo.

Nathan miró hacia la ventana.

—No empiece.

—Necesito ser precisa.

—Entonces sea precisa sin partirme en pedazos.

Daniela bajó la voz.

—Entiendo.

Clara tomó la mano de Nathan debajo del escritorio. Él la dejó. No porque estuviera listo para perdonarle el secreto.

Porque necesitaba sentir algo que no fuera caída.

El teléfono de Clara vibró. Lo miró y se puso rígida.

—Es ella.

Nathan extendió la mano.

—No contestes.

—No voy a contestar.

Pero el mensaje apareció en la pantalla.

“Si siguen con esto, el bebé será el primero en perder.”

Daniela leyó desde su lugar.

—Eso sí me interesa.

—¿Amenaza?

—Intimidación. Guárdenla.

Nathan se levantó.

—Voy al hotel.

Clara lo sujetó.

—No.

—¿Quieres que me quede sentado mientras amenaza a Mateo?

—Quiero que no le des lo que necesita.

—¿Y qué necesita?

Daniela contestó.

—Que usted parezca peligroso.

Nathan se quedó de pie, respirando por la nariz. Vio a su madre chocando contra el armario. Vio la cara del oficial mirando su franela arrugada, sus manos cerradas, su rabia.

Sí.

Eleanor sabía usar eso.

—Hay otra persona —dijo Clara.

Nathan la miró.

—¿Quién?

—El abogado de tu familia. Harold Whitman.

Nathan soltó una exhalación amarga.

—Harold maneja testamentos y donaciones. No bebés robados.

—Fue quien llamó ayer para preguntarme si estaba “cansada después del parto”.

Daniela frunció el ceño.

—¿Le dijo eso?

—Sí. Y luego me preguntó si Nathan sabía de mis visitas al registro.

Nathan se volvió hacia ella.

—¿Por qué no me dijiste eso anoche?

—Porque tu madre acababa de atacarme.

Él cerró la boca.

Tenía razón.

Eso no le gustó. Pero tenía razón.

Daniela tomó nota.

—Harold Whitman. ¿Edad?

—Sesenta y tantos —dijo Nathan—. Era amigo de mi padre.

—¿Su padre vive?

—Murió hace cuatro años.

Daniela escribió algo más.

—¿Dejó testamento?

—Sí. Todo bastante simple.

Clara lo miró.

—¿Seguro?

Nathan no respondió enseguida.

El testamento de su padre había sido leído en la biblioteca de la casa de Eleanor. Harold estaba allí. Eleanor lloró sin lágrimas. Nathan firmó lo que le dijeron que firmara.

Simple.

Demasiado simple, ahora.

—Tengo copias en casa —dijo.

Daniela cerró la carpeta.

—No vuelvan solos a esa casa si creen que hay documentos ocultos.

Nathan pensó en el armario del cuarto de Mateo.

En la forma en que Eleanor lo había bloqueado con el cuerpo.

—Ya hay algo oculto.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—No sé. Pero está en el armario.

Daniela hizo una pausa.

—Entonces no lo toquen todavía.

Nathan casi se rió.

—Es el cuarto de mi hijo.

—Y posiblemente una escena probatoria.

Clara miró hacia Mateo dormido.

—No quiero que ese cuarto sea eso.

—Nadie quiere —dijo Daniela—. Pero hay cuartos que guardan lo que los adultos no se atrevieron a decir.

Salieron de la oficina con copias digitales, instrucciones y más preguntas que antes. En el estacionamiento, el cielo estaba blanco. No llovía. Tampoco había sol.

Nathan abrió la puerta del auto para Clara.

Antes de que ella subiera, un Cadillac negro entró al estacionamiento.

Eleanor bajó primero.

Luego Harold Whitman.

Nathan lo reconoció por la postura antes que por la cara. Traje gris, cabello blanco peinado hacia atrás, manos limpias. Siempre había olido a menta y cuero.

Harold miró a Nathan con tristeza profesional.

—Hijo.

—No me llame así.

Eleanor tenía el rostro pálido. Pero ya no parecía furiosa.

Parecía preparada.

Harold se acercó con una carpeta.

—Nathan, tu madre está preocupada por la seguridad del bebé.

Clara soltó una risa baja.

—Después de lo que hizo, eso es impresionante.

Harold no la miró.

—Señora Mercer, también estamos preocupados por usted.

Nathan se puso delante de ella.

—Cuidado.

Harold levantó una mano.

—No queremos escalar esto.

—Ya escaló cuando mi madre atacó a mi esposa.

Eleanor habló con suavidad.

—No la ataqué. La detuve.

Clara se quedó quieta.

—¿De qué?

—De seguir abriendo tumbas que no sabe cerrar.

Nathan sintió que la palabra tumbas ensuciaba el aire.

Harold le tendió la carpeta.

—He preparado una solicitud preventiva. Evaluación psicológica para Clara. Supervisión temporal en visitas de terceros. Nada extremo.

Daniela apareció detrás de ellos en las escaleras de la oficina.

—Muy generoso de su parte intentar separar a una madre de su bebé con “nada extremo”.

Harold miró hacia arriba.

Su expresión cambió apenas.

—Daniela Reyes.

—Harold.

Nathan captó algo en ese intercambio.

No sorpresa.

Historia.

Clara también lo notó.

Eleanor dio un paso hacia Nathan.

—Puedes evitar esto. Ven a casa conmigo. Hablamos solos. Como antes.

—No hay “como antes”.

Ella apretó la boca.

—Ella te está robando.

—¿Qué?

—Primero a mí. Luego todo lo demás.

Harold tocó el brazo de Eleanor para detenerla.

Y entonces Nathan vio el reloj.

En la muñeca de Harold.

Acero plateado, carátula oscura, una rayadura fina cerca del número cuatro. Nathan lo había visto durante años en la mano izquierda de su padre. Lo había visto servir whisky, firmar cheques, sostener el volante de un bote en verano.

Después del funeral, Eleanor dijo que el reloj había sido enterrado con él.

Nathan miró a Harold.

—¿Dónde consiguió eso?

Harold bajó la mano despacio.

—Nathan.

—Le hice una pregunta.

Eleanor palideció más.

—No tiene importancia.

—Mi padre fue enterrado con ese reloj.

Harold cerró la carpeta.

Daniela bajó un escalón.

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—¿Lo fue?

Nathan no miró a su madre; miró el reloj, y por primera vez entendió que ella no había actuado sola.

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