CAPÍTULO 2 — EL MONSTRUO EQUIVOCADO

CAPÍTULO 2 — EL MONSTRUO EQUIVOCADO

Nathan no llamó a la policía desde el cuarto del bebé.
Llamó desde la cocina, con la puerta abierta hacia el pasillo para poder ver las escaleras. Clara seguía arriba con Mateo. Eleanor estaba en el porche, de pie entre las hortensias, con el cárdigan torcido y la dignidad intacta de las mujeres que creen que llorar es perder.
La operadora le pidió que repitiera la dirección.
Nathan la repitió.
Su voz sonó como la de un desconocido.
—¿Hay armas en la casa, señor?
Miró hacia el pasillo.
—No.
—¿La agresora sigue en la vivienda?
—No. Está afuera.
Eleanor levantó la vista desde el porche, como si pudiera oír cada palabra a través de la puerta cerrada. Tal vez podía. En esa casa, últimamente, todos escuchaban detrás de algo.
—¿La víctima necesita atención médica?
Nathan no supo qué decir.
La víctima.
Su esposa.
La mujer que hacía tres horas había dejado una nota pegada en la cafetera: “Compré pan de canela. No te comas el mío.”
—Sí —dijo—. Tal vez.
Colgó cuando la operadora le indicó que una patrulla iba en camino. No sintió alivio.
Sintió vergüenza.
Clara bajó diez minutos después con Mateo en brazos. El bebé ya no lloraba. Tenía la mejilla aplastada contra el hombro de ella y una mano diminuta aferrada al cordón de la sudadera color vino.
Nathan quiso tocarla.
No lo hizo.
—¿Estás lastimada?
—No más de lo que se ve.
—Eso no responde.
—Porque no sé responderte.
Esa honestidad le abrió un hueco en el pecho.
Eleanor tocó el timbre.
Una vez.
Luego otra.
Nathan no se movió.
Clara apretó a Mateo contra ella.
—No la dejes entrar.
—No voy a hacerlo.
—Te va a decir que estoy loca.
—No le voy a creer.
Clara bajó la mirada.
—No prometas cosas antes de oírlas.
El timbre sonó otra vez.
Nathan caminó hasta la puerta y la abrió apenas, con la cadena puesta. Eleanor estaba allí, respirando por la nariz, las mejillas tensas.
—Necesito mi bolso.
—Después.
—Mis medicinas están ahí.
—Te las llevo.
—Nathan, por Dios. Soy tu madre.
Él miró la mano de ella. Temblaba. No por debilidad. Por rabia contenida.
—Hoy no uses esa palabra como escudo.
Eleanor miró por encima de su hombro.
—Clara, dile lo que hiciste.
Clara estaba al fondo de la cocina. No se escondió. Tampoco se acercó.
—Ya basta.
—No. No hasta que él sepa.
Nathan abrió más la puerta, pero no quitó la cadena.
—¿Sepa qué?
Eleanor humedeció los labios.
—Que estuvo revisando registros familiares. Que fue al condado. Que habló con una enfermera del hospital. Que cambió las claves de las cámaras y del monitor. Que está armando algo contra nosotros.
Nathan giró hacia Clara.
Ella no negó nada.
La cadena de la puerta pareció demasiado débil para sostener el mundo.
—Clara.
—Sí —dijo ella.
Eleanor sonrió.
—Ahí está.
Clara levantó la barbilla.
—Fui porque encontré inconsistencias.
—Encontraste basura.
—Encontré documentos alterados.
Eleanor golpeó la puerta con los dedos.
—Tú no sabes lo que viste.
—Entonces explícame por qué pediste los registros de nacimiento de Mateo ayer.
Nathan abrió los ojos.
—¿Qué?
Eleanor no respondió.
Clara siguió.
—Llamaste al hospital. Dijiste ser su abuela. Preguntaste por el brazalete del bebé.
—Porque tú has estado actuando como una mujer desesperada.
—¿Y por eso me atacaste junto a la cuna?
Eleanor miró la calle.
Un vecino había salido a recoger el periódico. Fingía no mirar. Su perro no fingía; miraba fijo al porche.
Nathan cerró la puerta en la cara de su madre.
Eleanor golpeó una vez.
—¡Nathan!
Él apoyó la frente contra la madera.
Clara habló desde la cocina.
—No lo hice para lastimarte.
—¿Qué cosa?
—Buscar.
—¿Buscar qué?
Mateo se movió en brazos de ella. Clara lo meció sin pensarlo. Ese movimiento, tan automático, lo sostuvo a él también por un segundo.
—Hace dos semanas tu madre me dijo que Mateo tenía “los ojos equivocados”.
Nathan frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
—Después me preguntó si yo estaba segura de que en el hospital no se habían confundido.
—Mamá dice cosas crueles.
—Sí. Pero no así.
Clara caminó hasta la mesa y se sentó. Lo hizo con cuidado, como si cada músculo hubiera empezado a reclamar lo que pasó arriba. Nathan tomó la silla frente a ella.
No se sentó.
No todavía.
—¿Qué encontraste?
Clara acarició la espalda de Mateo.
—Primero, nada. Solo el registro normal. Mateo Mercer. Hijo de Nathan Mercer y Clara Mercer. Nacido el diecisiete de mayo.
—Eso es correcto.
—Luego la enfermera que nos atendió me llamó.
—¿Karen?
—No. Rosa. La que estaba en turno de noche.
Nathan recordaba un rostro cansado, manos suaves, un broche con una flor amarilla.
—¿Por qué te llamó?
—Porque alguien había pedido copias del historial de Mateo usando mi nombre.
El aire se enfrió aunque la calefacción seguía encendida.
—¿Mi madre?
—No pudo confirmarlo.
—Pero crees que sí.
—Hoy ya no lo creo. Lo sé.
Afuera, una sirena se escuchó a lo lejos.
Eleanor dejó de golpear.
Nathan miró hacia la ventana. Su madre estaba bajando los escalones del porche. No corría. Caminaba hacia la acera con la espalda recta.
Como si fuera ella quien había sido expulsada injustamente.
—Está huyendo.
—No —dijo Clara—. Está ganando tiempo.
Nathan salió al porche justo cuando la patrulla dobló la esquina. Eleanor se detuvo junto al buzón y levantó las manos como una mujer ofendida, no como una agresora.
El oficial bajó del auto.
—Señora, ¿es usted Eleanor Mercer?
—Sí —dijo ella—. Y quiero denunciar que mi nuera no está bien.
Nathan sintió la sangre subirle al cuello.
—Oficial, ella atacó a mi esposa.
Eleanor lo miró con dolor ensayado.
—Mi hijo está alterado. Entró cuando ella ya estaba fuera de control.
—No mientas.
—Yo solo intentaba proteger al bebé.
El oficial miró de Eleanor a Nathan.
Luego miró hacia la casa, donde Clara apareció con Mateo en brazos.
La cara del oficial cambió al verla. No mucho. Lo suficiente.
Clara tenía una marca roja en la sien.
—Señora —dijo él—, ¿puede contarme qué ocurrió?
Clara abrió la boca.
Su teléfono sonó.
No fuerte. Apenas una vibración contra la mesa del recibidor, visible desde la puerta.
Nathan lo tomó y miró la pantalla.
Hospital Saint Agnes.
Clara cerró los ojos.
—Contesta —dijo ella.
Nathan aceptó la llamada y puso el altavoz.
—¿Señora Mercer? —preguntó una voz de mujer.
—Soy su esposo.
Una pausa.
—Necesito hablar con Clara Mercer.
—Estoy aquí —dijo Clara.
La voz bajó.
—Clara, soy Rosa, de pediatría. Lo siento, pero esto no puede esperar.
Eleanor levantó la mirada desde la acera.
El oficial también escuchaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
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Rosa respiró cerca del teléfono.
—Clara, alguien preguntó por el brazalete equivocado.