La abogada

PARTE 5: "La abogada"

La abogada se llamaba Gloria Vásquez.
Sesenta años. Pelo canoso recogido en un chongo apretado. Oficina en un segundo piso sobre una taquería en East L.A. que olía a carne asada los martes y jueves porque los martes y jueves era cuando Don Pepe, el taquero, preparaba su especialidad.
Gloria trabajaba derecho familiar desde hacía treinta y dos años. No el derecho familiar de los bufetes de Beverly Hills — el derecho familiar de las mujeres que llegan a su oficina con moretones que no quieren explicar y con esposos que tienen abogados que cuestan diez veces más.
Don Manuel la conocía desde la infancia. Crecieron en la misma cuadra de Boyle Heights. Gloria era tres años mayor. De niña le prestaba los lápices a Manuel en la escuela porque Manuel nunca tenía lápices y Gloria siempre tenía extras.
"Traje a mi hija," dijo Don Manuel en la puerta de la oficina.
"Pasa, Manuelito."
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Gloria leyó la carpeta en cuarenta minutos.
El registro de matrimonio. El divorcio. Las notas de Valeria. El informe médico. Los mensajes. La foto. Y algo nuevo que Isabella agregó esa mañana: el video de la boda, con la sonrisa de Silvia y el asentimiento antes del pastel.
Gloria se quitó los lentes. Los puso sobre la carpeta.
"¿Cuánto tiempo llevas casada?"
"Tres días."
"¿Ya consumaron el matrimonio?"
"No. Me fui del hotel esa noche."
"Bien. Eso simplifica la anulación."
"No quiero anulación."
Gloria la miró.
"Quiero divorcio. Con causa. Y quiero que la causa sea pública."
"¿Por qué público?"
"Porque Silvia Castañeda pagó cien mil dólares para silenciar a Valeria. Y va a intentar pagarme a mí también. Y quiero que cuando me ofrezca el dinero, ya sea demasiado tarde para comprar mi silencio."
Gloria sonrió. La sonrisa de una abogada que lleva treinta y dos años esperando a una clienta que no quiere dinero sino justicia.
"Dame la cláusula de confidencialidad de Valeria."
Isabella sacó la copia.
Gloria la leyó. Línea por línea. Con los lentes puestos otra vez y un bolígrafo rojo que usaba para marcar los puntos débiles de los documentos legales como un cirujano marca los puntos de incisión.
"Aquí," dijo Gloria. Marcó un párrafo en la página tres. "La cláusula prohíbe a Valeria hablar públicamente — publicaciones en redes sociales, declaraciones a la prensa, entrevistas. Pero no prohíbe testificar en un proceso judicial."
"¿Qué significa eso?"
"Significa que si tú presentas una demanda de divorcio por causa y solicitas el testimonio de Valeria como testigo relevante, la cláusula no la protege. Valeria puede testificar. En corte. Bajo juramento."
Isabella miró a Gloria.
"¿Y los mensajes entre Rodrigo y Silvia?"
"Son evidencia admisible si Valeria puede autenticar que los obtuvo legalmente de un dispositivo compartido durante el matrimonio."
"¿Y el video de la boda?"
"El fotógrafo te dio el video voluntariamente. Es tuyo. Es admisible."
Gloria cerró la carpeta.
"Isabella, te voy a decir algo que les digo a todas mis clientas. Un divorcio es una guerra. Un divorcio público contra una familia con doscientos millones de dólares es una guerra nuclear. Te van a atacar. Van a decir que eres una interesada, que te casaste por dinero, que estás mintiendo."
"Mi papá es albañil. Mi mamá cose vestidos. Mi abuela tiene ochenta y dos años y un bastón. ¿A quién le van a decir que me casé por dinero?"
Gloria se recostó en su silla. La silla crujió porque todo en la oficina de Gloria crujía, incluida Gloria.
"Me caes bien."
"¿Vas a tomar el caso?"
"Mija, llevo treinta y dos años esperando este caso."
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Sigue leyendo la Parte 6, porque Rodrigo no espera la demanda. Rodrigo aparece en la casa de los Moreno en Boyle Heights con un ramo de rosas y una disculpa que suena perfecta. Pero Don Manuel abre la puerta antes que Isabella. Y lo que Don Manuel le dice a su yerno en el porche de la casa donde creció hace que Rodrigo entienda, por primera vez en su vida, que el dinero no compra todo.
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