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El Yeso / Chapter 3 / 8

La carta de Andrea

PARTE 3: "La carta de Andrea"

Marcus Holt llegó a la una y cuarenta de la mañana con un maletín de cuero negro y una mujer que Sebastián no conocía.

La mujer se llamaba Diana Solano. Cuarenta y un años. Pelo corto. Chaqueta oscura. La postura recta de alguien que fue policía antes de ser investigadora privada y que todavía caminaba como si llevara una insignia aunque hacía cinco años que la devolvió.

"¿Quién es ella?" preguntó Sebastián.

Marcus cerró la puerta del estudio donde se habían reunido — lejos de la habitación de Tomás, lejos de Valentina, lejos de Fuentes, que estaba sentado en la sala bajo la vigilancia silenciosa de Carmen, que se negó a dejarlo solo "porque los hombres que cobran cien mil dólares por envenenar niños no merecen que les quiten los ojos de encima."

"Diana trabaja para mí desde hace seis meses," dijo Marcus.

"¿Seis meses? ¿Investigando qué?"

Marcus puso el maletín sobre el escritorio. Lo abrió. Sacó un sobre.

"Andrea me contrató."

La frase le quitó el aire a Sebastián.

"Andrea murió hace dos años."

"Andrea me contrató tres meses antes de morir. Me dio instrucciones. Me dejó un sobre sellado con la instrucción de abrirlo si algo le pasaba a ella o si algo le pasaba a Tomás."

Marcus puso el sobre sobre el escritorio. Estaba abierto. El sello roto.

"Lo abrí hace seis meses. Cuando Valentina se mudó a la casa."

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La carta de Andrea estaba escrita a mano. En papel azul claro. Con la letra redonda y cuidadosa de una mujer que fue maestra de primaria antes de casarse con un multimillonario y que nunca dejó de escribir como si sus palabras fueran a ser leídas por niños.

"Marcus: Si estás leyendo esto, algo salió mal. No sé qué. No sé cuándo. Pero sé que Valentina Reyes es peligrosa."

Sebastián leyó la carta de pie. No se sentó. No podía sentarse. Su cuerpo necesitaba estar vertical para procesar lo que estaba leyendo.

"Conocí a Valentina antes de que tú la conocieras, Sebastián. Antes de la gala. Antes de que ella apareciera en tu vida con su sonrisa y su vestido y su historia de mujer independiente que se abrió camino sola."

Andrea contó la historia.

Valentina Reyes no se cruzó con Sebastián por casualidad. Lo buscó. Lo investigó. Estudió sus rutinas, sus gustos, sus debilidades. Y la debilidad más grande de Sebastián después de la muerte de Andrea era exactamente lo que Valentina explotó: la soledad.

"Tres meses antes de que yo muriera, una mujer me contactó. Se presentó como consultora financiera. Me invitó a un café. Habló de inversiones, de planificación patrimonial, de cosas que sonaban profesionales. Pero durante la conversación me hizo preguntas que no eran de consultora: sobre Tomás, sobre su salud, sobre quién lo cuidaba, sobre la herencia."

La mujer era Valentina.

"Investigué su nombre. Valentina Reyes. No tiene título en consultoría financiera. No tiene licencia profesional. Lo que tiene es un historial: dos matrimonios anteriores con hombres ricos. El primero en Miami, divorciada después de un año. El segundo en Dallas, viudo — el hombre murió de un infarto a los cuarenta y tres años, seis meses después de la boda."

Sebastián dejó de leer. Miró a Marcus.

"¿El segundo esposo murió?"

"De un infarto. Muerte natural según el certificado. Pero Diana investigó." Marcus miró a la investigadora. "Cuéntale."

Diana Solano abrió una carpeta que traía debajo del brazo.

"Robert Hale. Cuarenta y tres años. Empresario de petróleo en Dallas. Se casó con Valentina Reyes en 2019. Murió seis meses después. Causa oficial: infarto agudo de miocardio. El seguro de vida pagó dos millones trescientos mil dólares a Valentina como beneficiaria."

"¿Eso prueba algo?"

"Por sí solo, no. Pero pedí la historia clínica de Hale. Estaba sano. Sin antecedentes cardíacos. Corría maratones. Y tres semanas antes de morir, su médico personal — un doctor que Valentina recomendó — le recetó un suplemento que contenía un compuesto que, en dosis acumulativas, puede causar arritmia fatal."

Sebastián se apoyó contra el escritorio.

"El mismo patrón," continuó Diana. "Un hombre rico. Una esposa nueva. Un médico que ella elige. Un tratamiento que nadie cuestiona. Y un resultado que parece natural."

"Excepto que esta vez no es un adulto," dijo Marcus. "Es un niño de ocho años. Y el objetivo no es matarlo."

"¿Entonces qué es?"

"Incapacitarlo. Según el fideicomiso que tú y Andrea crearon, si Tomás es declarado médicamente incapaz antes de cumplir dieciocho años, la administración de su herencia pasa al cónyuge sobreviviente del padre. Es decir, a Valentina."

Sebastián cerró los ojos.

El plan era elegante en su crueldad. No matar a Tomás. Dañarlo lo suficiente — el brazo, los nervios, el dolor crónico — para que un médico (Fuentes, por supuesto) lo declarara incapaz. Y una vez declarado incapaz, Valentina tendría acceso legal a la herencia de tres mil millones de dólares que Andrea dejó para su hijo.

"Andrea lo sabía," dijo Sebastián.

"Andrea sospechaba. No tenía pruebas. Por eso me contrató. Me dijo: 'Si algo me pasa, investiga a Valentina. Y si Valentina se acerca a Tomás, protégelo.'"

"Y tú no me dijiste nada durante seis meses."

"Porque Andrea me pidió que no lo hiciera hasta tener pruebas. Y hasta esta noche, no teníamos pruebas."

Marcus señaló la mesa donde el pedazo de yeso roto estaba en una bolsa de plástico.

"Ahora las tenemos."

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Sigue leyendo la Parte 4, porque la policía llega a las tres de la mañana. Y lo que Valentina hace cuando ve las patrullas en la entrada de la mansión no es correr ni gritar ni llorar. Es sonreír. Porque Valentina tiene un plan B. Y el plan B involucra a alguien que está dentro de la casa y que nadie sospecha.

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