El americano de la montaña

CAPÍTULO 9: "El americano de la montaña"

Farhan llegó a la aldea de Khowst el cuarto día de caminata.
No era una aldea grande. Treinta casas de adobe alineadas contra una ladera, un pozo comunitario en el centro, cabras pastando entre las piedras, niños corriendo descalzos por un camino de tierra que se convertía en lodo cuando llovía. El tipo de lugar que existe en miles de copias por todo el este de Afganistán, tan parecidos entre sí que un forastero no podría distinguir uno de otro.
Pero los habitantes sí podían distinguir a un forastero.
Farhan fue recibido con la hospitalidad cautelosa que las tribus pastún les dan a los viajeros: una invitación a sentarse bajo el toldo del anciano de la aldea, un vaso de té verde, preguntas corteses sobre su viaje, su familia, el motivo de su visita. Protocolo. Las reglas del pashtunwali, el código de honor, se aplican incluso cuando no confías en tu invitado.
El anciano se llamaba Abdul Karim. Ochenta y tantos años, barba blanca hasta el pecho, ojos que habían visto tres guerras y que miraban a Farhan con la tranquilidad de alguien que ya no le tiene miedo a nada.
"Busco a un hombre," dijo Farhan en pastún. "Un americano. Habría llegado a esta zona hace treinta años. Herido. Solo. Desde las montañas."
Abdul Karim tomó un sorbo de té.
No contestó de inmediato. Los viejos en las aldeas del este de Afganistán no contestan de inmediato porque la prisa es una enfermedad occidental que ellos no tienen intención de contraer.
"¿Por qué lo buscas?"
"Su hijo lo busca."
Abdul Karim dejó el vaso sobre la mesa baja. Lo hizo despacio, con el cuidado de alguien que está tomando una decisión.
"¿Tiene un hijo?"
"Sí. Tiene diez años. Vive en América."
El viejo cerró los ojos. Los mantuvo cerrados durante un tiempo que a Farhan le pareció demasiado largo. Después los abrió y miró hacia las montañas, hacia la cresta que separaba Afganistán de Pakistán, como si pudiera ver algo ahí que Farhan no podía ver.
"Sí," dijo. "Recuerdo al americano."
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La historia que Abdul Karim contó era simple.
Una noche de invierno, treinta años atrás, un hombre apareció en el camino de la aldea arrastrando una pierna que no funcionaba. Estaba flaco, deshidratado, con la ropa hecha jirones y los ojos de alguien que ha caminado más de lo que un cuerpo humano debería poder caminar. Llevaba un chaleco militar sin insignias y hablaba un idioma que nadie en la aldea entendía.
Los aldeanos lo llevaron adentro. Le dieron agua, comida, mantas. Un curandero local le entablilló la pierna con palos de madera y tiras de tela. El americano tenía fiebre. Deliró durante cuatro días, hablando en su idioma, diciendo nombres que nadie reconocía.
Cuando la fiebre bajó, el americano intentó comunicarse. No hablaba pastún. No hablaba dari. Pero los gestos son un lenguaje universal, y con gestos le explicó a Abdul Karim que era un soldado, que había sido atacado en las montañas, que necesitaba volver a su base.
"Le dijimos que la base americana más cercana estaba a cientos de kilómetros," contó Abdul Karim. "Le dijimos que las carreteras estaban controladas por los talibanes. Que intentar volver solo era suicidio."
"¿Y él qué hizo?"
"Se quedó. No porque quisiera. Porque su cuerpo no le daba otra opción. La pierna tardó meses en sanar. Mientras tanto, trabajó. Ayudó a reparar el pozo. Construyó un muro de piedra alrededor del huerto. Aprendió algo de pastún. Los niños le tenían miedo al principio, pero después lo buscaban porque les hacía figuras con alambre."
"¿Cuánto tiempo se quedó?"
Abdul Karim pensó.
"Año y medio. Tal vez dos."
"¿Y después?"
"Después se fue. Un día amaneció y su colchón estaba vacío. Dejó una nota que nadie pudo leer."
"¿La guardaron?"
Abdul Karim se levantó despacio. Entró en su casa. Volvió cinco minutos después con una caja de madera que tenía tallados en la tapa patrones geométricos descoloridos por el sol.
Abrió la caja.
Adentro había un papel doblado, amarillento, con los bordes rotos por el tiempo. Escrito a mano con algo que pudo haber sido carbón o la punta quemada de un palo.
Farhan tomó la foto. La envió a Ahmed. Ahmed la envió a Harrison.
Harrison la abrió en su teléfono a las dos de la mañana, hora de Nueva Jersey.
La nota decía:
"Gracias por la vida. Voy al este. Si alguien viene a buscarme, díganle: no paré de caminar. David Turner."
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Harrison no durmió esa noche.
Se quedó sentado en el borde de la cama leyendo la nota una y otra vez, como si cada lectura pudiera revelar algo nuevo, algo que las lecturas anteriores habían pasado por alto.
David sobrevivió.
No sólo sobrevivió al ataque. No sólo sobrevivió a la cueva y a la mina y a las montañas. Sobrevivió a un invierno en una aldea afgana con una pierna rota y después, cuando pudo caminar, siguió caminando hacia el este.
Hacia Pakistán.
¿Qué hay al este de la frontera? Ciudades. Consulados. Embajadas. Formas de comunicarse con el mundo. Un soldado americano cruzando la frontera a pie hacia Pakistán eventualmente encontraría una forma de contactar a su gobierno.
A menos que no quisiera hacerlo.
O a menos que no pudiera.
Harrison pensó en las dos posibilidades. La primera, que David deliberadamente decidió no volver, no tenía sentido. La carta en la cueva, las marcas, la nota en la aldea, todo mostraba a un hombre desesperado por volver a casa.
La segunda, que algo le impidió comunicarse, era más probable.
¿Qué podría impedírselo? Una lesión. Amnesia. Captura. Otro colapso físico.
O alguien.
Harrison agarró el teléfono. Llamó a Colt.
"Raymond, David cruzó a Pakistán. Necesito que busques en los registros de hospitales y clínicas a lo largo de la frontera este. Hombres no identificados ingresados en la última década del siglo pasado. Caucásicos. Con lesiones compatibles con combate."
"Eso son miles de registros, general."
"Entonces empieza ahora."
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Noah no sabía nada de la cueva, ni de la mina, ni de la aldea, ni de la nota.
Harrison le había prometido que le contaría todo cuando tuviera algo concreto. Algo que no fuera una pista o una posibilidad sino una certeza.
Todavía no tenía una certeza.
Pero la estaba buscando.
Noah, mientras tanto, tenía un torneo.
El campeonato estatal juvenil de tiro con arco de New Jersey, categoría menores de catorce. El torneo más importante al que un niño de diez años podía aspirar en un estado donde el tiro con arco no era exactamente un deporte de masas pero donde los que lo practicaban lo hacían con la seriedad religiosa de quien cree que una flecha y un blanco son lo único honesto que queda en el mundo.
Noah practicó seis días a la semana durante tres semanas. Ray lo acompañó cada sesión. Le ajustó la postura, le corrigió el agarre, le enseñó técnicas de respiración que aprendió en el ejército para calmar los nervios antes de un disparo.
"No pienses en ganar," le dijo Ray el día antes del torneo. "Piensa en la flecha. Solo la flecha."
Noah asintió.
Esa noche, en su clóset-dormitorio del dúplex 47B, Noah sacó el cuaderno donde guardaba las palabras de su padre.
Leyó la última entrada.
"El arco no miente. Tú le dices la verdad con tus manos y él la dice con la flecha. Si tiemblas, la flecha tiembla. Si estás tranquilo, la flecha vuela recta."
Cerró el cuaderno.
Apretó el colgante.
Se durmió.
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Sigue leyendo la Parte 10, porque el día del torneo estatal, Marcus Reed aparece otra vez. Pero esta vez no viene a humillar a Noah. Viene a hacer algo peor. Y la persona que lo detiene no es Harrison ni Ray ni Linda. Es alguien que nadie esperaba ver.
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